Por muchos años nos han dicho que ser indígena es algo que no tiene el valor que en verdad tiene; sin embargo, es fundamental reconocer la riqueza y diversidad de las culturas indígenas que han existido desde tiempos inmemoriales. El mestizo, por otro lado, es otra cosa, representando una mezcla cultural que ha aprendido a beber de raíces ajenas y hacerlas propias, fusionando tradiciones, creencias y costumbres en un tejido único y vibrante. Esta interacción entre las culturas indígenas y mestizas ha dado lugar a una identidad rica en matices que, a pesar de las adversidades, sigue floreciendo y enriqueciéndose con cada generación.
Miguel León-Portilla dedicó gran parte de su obra a demostrar que en Texcoco, bajo el reinado de Nezahualcóyotl y sus sabios, floreció una auténtica filosofía náhuatl, centrada en la búsqueda del sentido de la vida, la divinidad y el destino humano. Sus investigaciones revelaron que los pensadores texcocanos cultivaron una tradición intelectual propia, expresada en metáforas como “flor y canto” y en reflexiones sobre el universo y la muerte.
Al respecto, Miguel León-Portilla ha dejado un legado valioso para entender el valor de un pueblo que ahora reconocemos en sus vestigios y ruinas, que ha sobrevivido por gente como el historiador del que les hablo, quien ha dado forma a ese pensamiento y esas intrincadas relaciones.
Cuando señala:
Gente de variadas actividades en el campo de la cultura eran los na
huas (mexicas, tezcocanos, cholultecas, tlaxcaltecas…), a principios
del siglo XVI. Establecidos en diversas fechas en el gran Valle de México
y sus alrededores —unidos por el vínculo de la lengua náhuatl o mexi
—habían heredado no solo muchas de las ideas y tradiciones,
sino también algo del espíritu creador de los antiguos toltecas.
Mas conviene recalcar que los mexicas, tan afamados por su
grandeza militar y económica; no eran los únicos representantes de
La cultura náhuatl durante los siglos xv y xvi. Los mexicas habían
Sometido a su obediencia a pueblos lejanos, de un mar a otro, lle
Llegando hasta Chiapas y Guatemala. Pero a su lado coexistían otros
Nahuas, independientes de ellos en distinto grado. Unos eran aliados:
Los de Tlacopan y Texcoco, donde reinó el célebre Nezahualcóyotl.
Otros, aunque también nahuas, eran enemigos; en particular, los
Señoríos tlaxcaltecas y huexotzincas.
La obra clave del autor se encuentra en La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1956), tesis doctoral dirigida por Ángel María Garibay, donde León-Portilla analizó códices, poemas y documentos indígenas para mostrar que los pueblos nahuas desarrollaron un pensamiento filosófico propio.
No se limitó a los mexicas de Tenochtitlan; incluyó a los sabios de Texcoco, especialmente Nezahualcóyotl, quien fue considerado un filósofo-rey.
¿Cuáles han sido los problemas centrales con los que nos encontramos al tratar de entender a cabalidad su investigación?
Establecer los orígenes y evolución del pensamiento náhuatl, mostrando cómo en Texcoco se reflexionaba sobre la divinidad, el cosmos, la muerte y el destino humano. Algo que nos pone alertas es cuando en Texcoco se cultivó una visión espiritualista que contrastaba con el militarismo mexica.
León-Portilla probó que los pueblos nahuas, incluidos los texcocanos, tenían una filosofía comparable en rigor a la occidental, aunque expresada en formas poéticas y simbólicas.
A esta aseveración es importante quitarle la etiqueta de occidental; desde mi punto de vista, es fundamental reconocer que hay algo en la ética conductual de lo que es y debe ser que rebasa todo encasillamiento localista. La universalidad y el humanismo no tienen dueño; le pertenecen al planeta. Como asgardiana, considero que debería ser así…
Lo más valioso de la investigación del autor es que su obra abrió el campo de la filosofía mesoamericana y cambió la percepción académica sobre el pensamiento indígena.
Su legado: Inspiró estudios posteriores sobre la relación entre poesía, religión y filosofía en Mesoamérica, consolidando a Texcoco como un centro intelectual del mundo náhuatl.

“¿Acaso de veras se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra:
Solo un poco aquí.”
Este verso refleja la conciencia de lo efímero y la búsqueda de sentido más allá de lo terrenal, invitando al lector a contemplar la fugacidad de la existencia y a considerar lo que realmente importa en la vida.
En un mundo lleno de distracciones y superficialidades, se plantea la necesidad de encontrar una conexión más profunda con el universo, explorando así las preguntas esenciales sobre nuestro propósito y la trascendencia que nos une a todos.
La búsqueda de ese significado puede llevarnos a reflexionar sobre nuestras experiencias, nuestras relaciones y el legado que dejamos a las generaciones futuras.