Un grito en mi camarote me alertó; alguien gritaba mi nombre con fuerza: ¡Ayanis, Ayanis!
La nave minutos antes se movió con fuerza; pensé que algunos de los motores se habían alterado o… sí, definitivo, no hay turbulencia en el espacio.
Me incorporé y el equipo estaba corriendo a proa. ¡Vamos!, me dijeron, «debemos usar todo lo que tengamos a la mano para evitar la catástrofe».
¿Qué sucede?

—Basura espacial, querida, nada del otro mundo; hubiera preferido un meteorito, pero esto es más detestable… De no lograr tapar el agujero que hizo a la nave, tendremos que vernos forzados a regresar y los tres meses de aventura terminarían.
Pensé en Bast y la forma como atacaría el problema; él era bueno con eso de deshacerse de los botes de basura. Gira en redondo y se lanza en la dirección contraria; el bote se desploma en la línea esperada y él se hace con el bocado que ya tenía olfateado… Mmmmh.
Esto requería destreza humana especializada y eficaz. En realidad, muchos de nosotros solamente fuimos apoyo de la logística aplicada y aplaudimos juntos cuando el problema se vio resuelto.
Sin embargo, aprendimos y llegamos a comprender que aquello no era un viaje de placer; todo lo que habíamos esperado con ilusión requería habilidades específicas y una embarcación bien equipada, y tuvimos que poner en juego todas nuestras capacidades para salvaguardar nuestras vidas.

