Ayani se retiró agotada. Ese día en verdad fue peculiar para todos los presentes; nada es como debiera y todo es como tiene que ser. Fueron las últimas palabras pronunciadas por el profesor y tenían que analizarlas para darle una sinopsis en la siguiente clase.
Bast la esperaba en la puerta de su casa, siempre serena y muy quieta, como si recordara que en el pasado los humanos la habían representado en esculturas.

Al mirarlo, ella comprendió: Nada es como debiera, es decir, que lo que vemos no es lo que debería ser, sino lo que es.
Su gato la miró con extrañeza y ella lo acarició con gratitud exclamando:
-Siempre tienes respuestas ocultas en tu esencia.
Entonces meditó:
Y todo es como debe ser. —Su gato ronroneó y se tumbó a su lado, mientras Ayani reflexionaba sobre el hecho de que, si las cosas son como son, es porque el universo entero está regido y definido por un concepto conocido como «materia estelar» —regido por parámetros cuya lógica ya hemos reconocido y establecido, aunque los nombres y los idiomas puedan variar en distintas partes del planeta o del universo.
Se relajó, pues ya tenía la tarea; solamente tenía que escribirla; fue fácil. Desde su punto de vista no hay grandes misterios y lo que somos no nos convierte únicos, solo diferentes en algunos aspectos, pero en esencia todos somos materia estelar; posiblemente la cultura que nos acoge es la que nos cambia y es lo único que nos hace distintos.
Su recámara tiene un vitral que le recuerda el paso de las luminarias desde el centro del planeta Tierra y su cualidad de crear facetas y eclipses. Miró hacia esa ventana con detenimiento, suspirando y exclamando:
“No tengo al sol y a la luna, pero sí a su representación”.
Ella estaba en el segundo grupo para probarse el traje, asi que se recostó recordando lo que le habían solicitado: Nada de perfume y tampco bloqueador solar o cremas en el cuerpo. Las uñas muy cortas y nada de mousse o gel en el cabello. Sin aretes o piercings o cualquier aditamento que definiera su género o preferencia.
Sonrió; sabía de compañeras que los usaban en el ombligo, pezones o nariz; ella detestaba esas argollas, pero sabía que eran muy apreciadas por algunas de sus compañeras y algunos compañeros.
Mirando al techo, reconoció que para ir a ese traje necesitaban sentirse como recién salidas del útero, intactas o cuando menos lo más naturales posible.
Se acurrucó, señalándole a Bast que no se subiera a la cama y, acariciando su mullida cobija, suspiró: Mañana será otro día.