Muchas historias se colocan delante de nosotros cuando vemos la realidad que no es nuestra o cuando nos acercamos a mundos distantes, pero que en algún momento eran nuestros.

Ahí estaba ella, tratando de despertarme con movimientos cautelosos… No quise hacerle caso, me di vuelta y seguí dormitando, pero la inquietud ya estaba sembrada; esa sugerencia parecía ser algo más, muy parecido a una tarea pendiente que se aplazó con el paso de los años y que esa persona que llegó con paso ligero y me tocó el hombro, removió dentro y profundo en mi alma adormecida.
Me tomé tiempo y aplacé lo más que pude la respuesta; no era una respuesta que ella esperara, sino una que yo misma tenía que darme. Creo que cuando eso sucede es cuando nos cuesta más advertir que hay una urgencia que dejó de serlo porque le quitamos la importancia que merecía.
Rebusqué en mis ideas, en los trazos dados con paso cauteloso, en las situaciones donde el argumento negaba la posibilidad… Incluso no solo la negaba, la consideraba innecesaria, pasada de moda, de tiempo y sin espacio para pensarse en serio.
Por mucho tiempo aquella mujer no volvió a tocar el tema, tampoco a decir lo que ella consideraba al respecto; solamente dejó la idea, como quien tira semillas de un frasco, y por alguna razón fermentó en alguna parte de mi cerebro todo ese nutrido semillero que logré captar regado, disperso, sin forma, germinando y creciendo sin dirección fija, ordenada o razonable.

Necesitaba una herramienta para cortarlo de tajo, pero no fue posible; su crecimiento quedó ahí, se enredó a mis ideas, a mi cerebro, a mi inquieta alma nutrida de su savia…