Me cautivó de forma especial esa escultura cuando observo que el mundo sigue considerando a la guerra como un valor supremo. Eros puede hablar de pasión, pero también encarna la figura inocente de un ser mítico que —mediante un vínculo arraigado en la ternura— es capaz de alterar el curso de momentos violentos, de enfrentamientos feroces y de todo aquello que libra una batalla en el alma humana ante el dolor de no poseer, de no ser o de dejar de importar.
Si bien cada animal es la representación de aspecto de la naturaleza que nos envuelve a cada uno de los humanos, nos permite reflexionar en el niño alado y frágil que frena lo irracional y violento.
En tal sentido, Centaure Borghèse no pudo contra el poder máximo del amor.

“Incluso la fuerza más salvaje se inclina ante el soplo invisible del amor.”
En la danza eterna, de un poema, de un acto de inocente ternura, hasta la fuerza salvaje se rinde al misterio del deseo. En tal sentido, vemos que Eros es apasionado, pero es ligero, sutil y nunca arrebatado en la fuerza posesiva. Eros teje la vida, lo que nutre y lo que se reproduce; ahí reside su poder.