Absolutamente todos hemos sido influidos por la realidad que nos muestra la mitología, y esto se refleja en nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos con los demás. No es difícil que nos identifiquemos como parte de un clan a través de los aspectos que nos han formado en nuestra historia personal, ya que las narrativas mitológicas ofrecen un marco de referencia que nos conecta con nuestras raíces y tradiciones. Estas historias, llenas de simbolismo y enseñanza, nos ayudan a entender nuestros miedos, deseos y aspiraciones, tejiendo un hilo común entre generaciones. A menudo, nuestras decisiones y comportamientos son moldeados por estas influencias, que, aunque a veces inconscientes, son fundamentales para nuestra identidad cultural y personal.
Indudablemente, todas estas historias paganas o religiosas le dan sentido a la vida que tenemos. Nos nutrimos con el santoral y los festejos que fueron adoptados por los cristianos a lo largo de la historia, que se tejió a partir de los festejos que les antecedieron. De esta forma, celebramos no solo cumpleaños y festividades estacionales, sino que cada evento se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre nuestras tradiciones y creencias.
La natividad de Jesús, por ejemplo, nos impulsa a regalar y departir en las fiestas de invierno, que en otras épocas eran celebraciones dedicadas a las deidades de los bosques. Estas antiguas festividades, enraizadas en la lucha por el retorno del Sol, nos recuerdan la conexión profunda que tenemos con el ciclo de la naturaleza y la trascendencia de lo sagrado en nuestras vidas. Ahora, más que nunca, estas celebraciones invitan a la comunidad a reunirse, a compartir y a fortalecer los lazos que nos unen, revitalizando así el espíritu humano en cada encuentro festivo.
¿Dónde radica el problema que antaño llevó a los humanos a las cruzadas y en la actualidad a la discriminación, por filiación de creencias?
Si hablamos de la construcción de identidad, es muy fácil notar la que es rígida y excluyente, como en el caso de las cruzadas. Tomando en cuenta que en las Cruzadas, la raíz estaba en la idea de que la fe debía defenderse con armas, y que el “otro” era un enemigo absoluto. Se mezclaban intereses políticos, económicos y religiosos, pero la narrativa dominante era la de una guerra santa.
Por otra parte, hoy experimentamos la discriminación por filiación de creencias; sin duda, sigue brotando de esa misma lógica de separación: dividir el mundo en “nosotros” y “ellos”, y usar la diferencia como justificación para excluir, marginar o agredir.
A todo esto hay un punto vital que es complejo para ciertos grupos, ya que, en el fondo, el problema no es la diversidad de creencias, sino la incapacidad de reconocer la pluralidad como riqueza. Cuando las creencias se convierten en fronteras rígidas, se transforman en armas simbólicas.
Para una gran mayoría, entender la legalidad de la verdad ajena se convierte en un verdadero problema por el hecho de que para muchos la verdad propia debe ser absoluta.
Volviendo al historiador que puso sobre la mesa la discusión entre aspectos anteriores a la colonización, es bueno destacar lo siguiente: Miguel León-Portilla analiza precisamente ese aspecto, mostrando cómo la imposición de creencias y la intolerancia religiosa han sido motores de violencia y discriminación desde la Conquista hasta la actualidad. Su obra no se limita a describir hechos, sino que revela la raíz del problema: la negación del otro como sujeto pleno de cultura y espiritualidad.
Ubicándonos en el México de antaño, percibimos en los trabajos de León Portilla que su perspectiva se centra en la voz de los vencidos, mostrando cómo fueron silenciados y marginados por razones religiosas y políticas.
En consecuencia, no es difícil contemplar en otras partes del mundo este rasgo, donde es fácil reconocer cómo se denuncia la imposición colonial y la eliminación de la diversidad cultural.
Observemos su trabajo en textos como Coloquios y doctrina cristiana, donde León-Portilla analiza cómo los frailes intentaron erradicar las creencias indígenas, considerándolas idolátricas o diabólicas. Señala que la violencia espiritual fue tan grave como la militar, pues buscaba destruir la cosmovisión de los pueblos originarios.
En conclusión a este análisis:
- Antes: se justificaba la guerra santa o la evangelización forzada.
- Hoy: se traduce en discriminación, exclusión y racismo cultural.
León-Portilla insiste en que la salida está en el diálogo, la equidad y el reconocimiento de la pluralidad. Su propuesta es un humanismo que no borra diferencias, sino que las integra como riqueza.

¿Qué tan difícil será contemplar una propuesta de un humanismo inclusivo, donde las diferencias no se borran, sino que se integran como riqueza?
Referencias: