
Nuestra primera y asombrosa experiencia sobre algo que nos dio comprensión de un poder especial fueron los truenos y el bosque impactado por el fuego, ese fuego que más adelante utilizamos y domamos; lo convertimos en antorchas y en velas, y éstas, a su vez, forjaron parte de rituales que iluminaron y dignificaron nuestras creencias.
Cada trueno resonante nos recordaba la fuerza de la naturaleza, enseñándonos a respetarla y a vivir en armonía con ella. El resplandor de las llamas no solo nos brindó luz en la oscuridad de la noche, sino también esperanza y un sentido de comunidad mientras nos reuníamos alrededor del fuego, compartiendo historias y sueños.
Así, aprendimos que ese fuego, aunque devastador en su naturaleza, se transformaba en una herramienta poderosa que alimentaba nuestras tradiciones y valores, conectándonos profundamente con nuestros ancestros y con la tierra que habitamos.