Entonces sentimos el poder de ponernos en su lugar, de ser el fuego en la cera, en la yesca y en todo lo que pudiéramos controlar y modificar, transformando todo elemento a nuestro alrededor.

Canela y vainilla o algo distinto que fortalezca un deseo.
Esa chispa de energía se intensificó cuando comprendimos que teníamos la capacidad de dar forma a nuestros sueños, de acumular pasión y convertirla en acción.
Invocamos, decidimos, agrupamos a las velas en torno a los templos, las hicimos el puente entre lo divino y lo terreno…
Entonces, nuestras emociones se fusionaron con la realidad; no solo estábamos moldeando nuestro propio destino, sino también inspirando a otros a hacer lo mismo, creando un ciclo de transformación que se alimenta de la creatividad y de la voluntad compartida, del fuego interior que todos atesoramos y que nos ayuda a reimaginar el mundo que nos rodea.