Uno de los debates entre escritores más recurrentes en las últimas fechas: ¿A quién se atribuye la obra cuando la IA esta facilitando el proceso?
Por supuesto que es una herramienta y va a estar ahí y será utilizada para gatos antropomorfos muy extraños haciendo tareas domésticas o jugando a las cartas… Mmmh!
Textos pulidos con un modo de hablar que no era habitual en el escritor(a) y, finalmente, demasiada información adicional que, si le preguntas al autor, posiblemente no la recuerde…

Desde mi perspectiva, el más dañado es el diseñador; se puede sustituir con gran facilidad y su trabajo depende del editor que cuente con el presupuesto para pagar su contrato y que lo que él haga le agrade al autor, tanto como lo que se logra con una aplicación que no siempre es gratuita, pero esta disponible 24/7 para los cambios que el escritor decida.
Independientemente de todo esto, no se escribe por dictado, se escribe por una inminente necesidad de transmitir ideas y ahí esta el trabajo del escritor, sea un sujeto de academia o un pragmático apasionado por expresarse.
Para hablar de la vida no se necesita academia; posiblemente la academia sirva para contar con recursos exquisitos en las presentaciones, las relaciones creadas y las palmadas en la espalda de los seguidores, comprometidos con su clan.
Lo que sí me parece dañino es dejarle a la inteligencia artificial el compromiso, pues decir las cosas a tu manera y con tus instintos puestos en orden, lo considero lo más valioso que poseemos los que nos dedicamos por vocación a escribir.