“En el hueco del tiempo, escribo lo que aún no soy, lo que ya soy y lo que fui.”

Kilos más o menos, depende, todo puede mejorar o empeorar; incluso las enfermedades nos señalan como herederos de lo que fueron nuestros padres y… Ahí estamos tratando de ser únicos e indivisibles, sin lograrlo.
Analicemos el asunto de árboles y genealogías:
El serbal es un buen ejemplo porque señala magia y destinos. Conectores espirituales: Sensibles a los misterios y secretos, con intuición aguda. Pero no es para todos y tal vez sea leyenda para otros. Se dice que el serbal es más que un árbol: es un símbolo de resistencia en lugares inhóspitos, de protección contra lo invisible y de sabiduría transmitida en silencio.
Es tal vez por esa razón que, independientemente del origen que sea o de los sitios donde crezca, me parece interesante como árbol de genealogías.
Sin embargo, en la búsqueda de resonancias similares, es interesante destacar que el serbal celta y la ceiba maya comparten la idea de ser árboles guardianes, protectores contra fuerzas invisibles y símbolos de conexión espiritual. Ambos marcan a quienes nacen bajo su signo como mediadores entre mundos y portadores de sabiduría ancestral.
Si buscamos un poco en otros sitios, es interesante descubrir lo siguiente: Ahuehuete (Taxodium mucronatum): símbolo de longevidad y resistencia, asociado a la protección de aguas y pueblos.
Copal (Bursera spp.): árbol cuyo humo ritual protege y purifica, puente entre lo humano y lo divino.
Sabino: venerado en comunidades por su antigüedad y sombra protectora.
Independientemente de todo esto, que baste esta explicación para entender la conexión entre raíces y genealogías.
Avancemos al tema en cuestión:

Esa imagen, esa cualidad de espejo temporal, como si el árbol guardara no solo la memoria de los años, sino también la posibilidad de verme a mí misma en otro ciclo, escribiendo con la misma calma y luz interior. Comparando ambas imágenes, la primera podría tener 20 años menos y ser lo que podré ser o lo que soy; en esta otra veo la marca de lo que es o fue mi abuela.
Gracias a la magia de los genes podemos adivinar pasado y futuro. En este reflejo, se entrelazan momentos de la vida que somos, cada hoja una historia, cada rama un susurro del pasado.
Las estaciones cambian; cada una trae consigo la esencia de todo lo vivido, la fragilidad de lo efímero y la fortaleza de lo que perdura, recordándonos que cada palabra escrita es un eco de los instantes que han ido formando mi ser y el de otros que habitamos o habitaron la vida.
Así que todo futuro posible no debería repetir ciclos, sino ampliarlos y mostrar su diversidad en cada latido. Pero si nos vemos al espejo, estamos ahí con el rostro de la abuela y la madre, la tia y los primos, una mezcla que podría haber sido otra, pero no lo fue.
Ecosistemas, latidos, certezas, murmullos, todos ellos nos llevan a un nuevo momento y es importante entenderlo. Porque hay un camino que no se altera y es donde sucede lo que nos ha formado para hablar de herencia genética.
Es la parte materna la que deja huella y nos hace sentir que somos eternos en un planeta que invalida lo perpetuo.
El ADN mitocondrial se transmite exclusivamente por vía materna porque los espermatozoides carecen de ADN mitocondrial funcional y sus mitocondrias no pueden replicarse. Así, todas las mitocondrias de una persona provienen del óvulo de la madre, lo que convierte a la línea materna en la portadora de esta herencia genética.

La herencia mitocondrial materna no solo es un fenómeno biológico, sino también un símbolo de continuidad: la energía vital que sostiene a cada generación proviene de la matriz materna. Este tipo de herencia, que se transmite exclusivamente de madres a hijos, resalta la importancia del papel de la mujer en la historia familiar y en la perpetuación de la vida.
En genealogía y mito, esta transmisión recuerda el “hilo de continuidad” que une a las familias a través de la voz y la energía de las mujeres, que a menudo son las portadoras de historias, tradiciones y valores. A través de generaciones, las experiencias, enseñanzas y sabiduría de las madres se entrelazan con la identidad de sus descendientes, creando un legado que trasciende el tiempo y se manifiesta en la esencia de cada individuo.
La herencia mitocondrial, por lo tanto, se convierte en un recordatorio tangible de la conexión perpetua entre las mujeres de una familia y sus futuras generaciones, fortaleciendo los lazos que nos mantienen unidos y enriquecen nuestras vidas.
La identidad como herencia nos hace lo que somos y nos permite ver en los rostros de los ancestros lo que vagamente somos en el recuerdo que tenemos, lo que no somos por vivir otra forma de vida y lo que perpetuamos por ser el mismo hilo genealógico.
Somos espejo y reflejo, pero también somos en esencia lo individual que nos pertenece y lo plural que nos enraiza. Todo aquello que nos habla del más allá, también de los recuerdos y aquellos hilos que son memoria y sobreviven para darnos vida.
Por tanto, más allá de un terruño, de una nacionalidad y de todos los recuerdos que se quedaron en un cajón, en un archivo virtual o en una foto, somos la voz que nos dice: pertenezco.
¿Qué caminos, qué pasado y qué pertenencia? No podremos saberlo con certeza, ya que se aniquila con los recuerdos. Pero lo que se queda es la parte que nos ha unido a todas en esa chispa que no se apaga.
Esta conexión, forjada en momentos compartidos, se vuelve un hilo invisible que nos entrelaza, recordándonos que, a pesar de la distancia o del tiempo que transcurra, siempre hay un lazo que nos une.
Los instantes vividos, las risas compartidas y las lágrimas derramadas forman un mosaico que nos define, haciendo que cada una de nosotras lleve en su corazón una luz que, aunque enfrente adversidades, siempre encontrará la manera de brillar.
Juntas formamos una comunidad de resiliencia y amor que perdura, nunca dejando que la llama se extinga, sino alimentándola con nuevos recuerdos y experiencias.
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