La carta de la abuela de Esperanza continuaba de la siguiente manera:
Los últimos días de mi nieta los pasó postrada en su cama; solicitaba dejáramos entrar al ganso, su eterno y buen amigo…
Ella dejó un mensaje en el florero donde colocaba romero y albahaca fresca para purificar su ambiente; lo escribió con cuidado y lo colocó junto a la pluma de su amigo el ganso; no entendimos si él era una especie de mensajero en el puente de su travesía o iba dirigido a alguien más…

De haber sido un mensaje para alguien más, supusimos que fue para el hombre que amó intensamente y con quien no pudo establecer una sólida relación por los intereses de terceros…
O simplemente le hablaba a su propia ánima, que estaba por desprenderse de este plano para consolidar un nuevo camino entre las estrellas.
Ella no se había amargado por perder a su amado, pero no aceptó a nadie más en su vida; no le gustaba adaptarse al mundo y temía que, al no depender solo de ella, sus hijos o familia política tuvieran demandas difíciles de eludir y no estaba segura de poder aceptarlas.
A usted, estimado amigo explorador, le tenía un cariño muy especial; en más de una ocasión comentó que, de existir la oportunidad de regresar en otro cuerpo, le habría gustado encontrarlo, aun cuando ninguno de los dos supiera que eran las antiguas almas que ya se habían encontrado en una vida plena de imposibles.
Su madre reía y le decía que solo se vivía una vez y que en la vida no todo era como lo deseábamos, y le instaba a vivir su presente y no soñar con reencarnaciones.
Así que no sé qué más decirle; tal vez ahora todos ustedes han descubierto el hilo tenue de la historia en un tosco enredo de cuerdas de un material que le pertenece a la propia tierra y sea a ese espacio que nos mantiene unidos y al que ella dirigió sus últimas palabras.