Norte, este, sur… necesitaban verificar el oeste, pero todo estaba ahí, no en la misma proporción; en cambio, era como una fibra óptica que conectaba elementos distantes, como un cáñamo unido en una red intrincada, como si fuera la raíz de un árbol que había dejado una estela en ese lugar, una huella indeleble que conectaba historias de tiempos pasados y de vivencias compartidas.
Cada hilo de esa fibra representaba una conexión, un vínculo entre lo tangible y lo etéreo, un recordatorio de que la existencia se entrelaza de maneras inesperadas y profundas, revelando la interdependencia de las fuerzas de la naturaleza, como un susurro del viento que pasa entre las ramas, llevándose consigo fragmentos de memoria y esperanza.
Entonces entendieron qué era lo que unía de diferentes formas y diversa intensidad al pueblo y qué los atraía para ser todos una unidad especial y única.
Tomaron muestras, sin cortar una sola rama de ese material; solo usaron hisopos para poder analizar y evaluar con cuidado cada uno de los materiales. Posteriormente, levantaron los materiales y se dirigieron de nuevo a la cabaña del explorador anciano y los sorprendió la sonrisa de un pequeño que los esperaba en la puerta.

Frente a él, un niño se acerca con timidez y le extiende una carta, como si portara un mensaje importante.
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