Tal vez siempre hay un lugar en el que lo que descubres forma parte de ti, te atrae, te hace sentir parte y entonces regresas…
Con estas palabras, el explorador anciano clavó el pico en el sitio que iban a cavar, reconociendo en su entorno un espacio al que cada ganso regresaría y lo haría en los años venideros por una razón.

Sabía perfectamente que no podía actuar como que todo estaba dicho, pero su experiencia latía en su mente con una certeza inusual; él había vivido ahí y entendía qué sucedía con cada aleteo de los gansos en el sitio.
Cada movimiento de las aves, cada suave ondulación en el aire, era un relato sutil de lo que había sido el paisaje en aquel momento. Aquellos gansos no solo eran parte del entorno; eran un eco de las historias pasadas, de las estaciones que habían cambiado y de las vidas que se entrelazaban con el ciclo de la naturaleza.
Por eso, observaba con atención, absorbiendo no solo la escena que se desplegaba ante él, sino también las emociones y recuerdos que emergían con cada sonido que producían. Sin duda, su mente estaba en un constante vaivén entre el presente y el pasado, un reflejo de sus vivencias que se manifestaba en ese instante.
Entonces, suspirando ante la mirada atenta del grupo, exclamó:
Estimados exploradores, vístanse con el plumaje adecuado para entender el proceso.
Todos sonrieron y comenzaron a trabajar con ahínco.
Una larga jornada esperaba ante ellos; la vida que tuvieron se desvanecía frente a lo que observaban a su alrededor.
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