Posiblemente nadie era consciente de esto; el apego al terruño no es algo que se aprecie en el mismo nivel para todos. Habrá quienes lo vivan desde la rutina diaria, sintiendo la seguridad y el consuelo que su entorno les proporciona, mientras que otros lo experimenten desde el deber, como una responsabilidad hacia sus raíces y su historia familiar.
Además, algunos lo describen como una oportunidad para crecer y prosperar en un lugar conocido, donde la conexión con la comunidad puede abrir puertas y tender puentes.
Para la gran mayoría, simplemente es el sitio de la casa materna y paterna, donde los recuerdos de la infancia aún resuenan en cada rincón, o la mezcla de ambos, creando una identidad única que se entrelaza con el sentido de pertenencia a un lugar.
Cuando tuvieron que partir por diversas razones los que regresaron al terruño barcelonés, no dejaron de sentir nostalgia por el mundo que les brindó en el oeste la oportunidad de desarrollar sus aptitudes.
En la carta se notaba una constante: todos afirmaban que su pariente, el ahora explorador anciano, no tenía motivos para regresar al terruño familiar; sabían que, aun solicitando que lo hiciera, él no se movería de aquel lugar donde había creado lazos tan fortalecidos para impedirle partir.
Al leer esto, Nami advirtió:
Si notamos lo que en Barcelona observaron en el sueño, sincronizado hay un triángulo y es importante descifrarlo. El vértice superior simboliza la elevación hacia lo divino, mientras la base representa lo terrenal. Es un puente entre lo humano y lo trascendente.
Dependiendo de cómo se le vea, están el símbolo masculino de fuego y el de agua, que es femenino.
Y, finalmente, ambos, tanto oeste como este, vimos a tres gansos al frente; posiblemente no sea un aspecto de liderazgo. Si quisiéramos creer que se habla de Lars, Jano y yo, considero que nos hemos equivocado. En diversas culturas, el tres simboliza creación, armonía y ciclo vital.
Mirando al explorador anciano, Nami advirtió…

Por tanto, estimado señor, usted es el contenedor de energía.
El explorador tembló como una hoja al viento, sus ojos se llenaron de lágrimas y, totalmente conmovido, se llevó las manos a la cabeza… Entonces lloró como un niño, musitando entre sollozos; no era el ganso, era yo el sujeto de su amor.