Cada atributo que se le puede dar al concepto de quimera lleva al grupo hacia el encuentro de un vigilante que hasta la fecha sigue en ese lugar, para marcar el paso o para delinear en su mente lo que aún podría considerarse borroso o disperso.
El sueño les marca con claridad una diferencia esencial entre lo que la naturaleza señala respecto al vuelo de los gansos y todo aquello que ellos conocen; les indica un trayecto y un cambio; esto es definitivamente un pensamiento simbólico; en eso están de acuerdo todos ellos.
Para cada uno de ellos, el concepto como símbolo los lleva a entender que la quimera es un trayecto de lo imposible, un viaje que desafía los límites de la imaginación y de la realidad misma.
La alocución de un fenómeno fascinante que los invita a explorar lo inexplorado, y propone reflexionar sobre aquellos sueños que parecen lejanos y, sin embargo, construyen un entramado de aspiraciones y deseos profundos.
El entramado sutil de esa urdimbre ante el portal es una propuesta que los mantiene despiertos ante las posibilidades inagotables que implica su descubrimiento o revelación.

La quimera, por lo tanto, se convierte en un vehículo que circunscribe un orden o un legado, permitiendo que cada uno de ellos se conecte con su historia personal y cultural, mientras persigue lo inalcanzable con una mezcla de esperanza y valentía.
Es, por tanto, la puerta de tránsito simbólica: un instante en que la voz se convierte en ritual y el discurso se vuelve acto.