El mundo nos lleva por caminos diferentes e insospechados, pero siempre hay algo que nos invita a esperar lo mejor y no solo se centra en lo conocido y por conocer.
A esto le llamamos esperanza, ese detalle que no surge de la realidad que a veces se nos quiebra en cada momento, sino en lo que esperamos que aparezca en el horizonte, en lo que anhelamos con fervor y que nos impulsa a seguir adelante a pesar de las adversidades.
Es como un faro luminoso en medio de la oscuridad, una chispa que enciende nuestros sueños y nos invita a mirar hacia el futuro con optimismo. Este faro, aunque distante, nos da la esperanza de que lo mejor está por venir, guiándonos con su resplandor a través de las tormentas de la vida. Al mismo tiempo, reconocemos que no es el faro un salvador de lo que esperamos, ni siquiera es un ayudante efectivo; es solo una luz que el alma percibe, una guía sutil que nos recuerda que, aunque el camino sea incierto, siempre hay un destello de esperanza que ilumina nuestro andar. En su fulgor, encontramos la fortaleza para seguir avanzando, confiando en que cada paso nos acerca a nuestros sueños más preciados.

La esperanza nos enseña a creer en lo posible, a encontrar alegría en los pequeños detalles y a mantener viva la llama de nuestros sueños, incluso cuando los tiempos se vuelven inciertos. En el fondo, la esperanza es lo que nos permite soñar y luchar por lo que verdaderamente queremos, confiando en que algún día se concretará en nuestra realidad.
Este argumento tiene que ayudar a todos los de la tripulación; debe brindarles una atmósfera por medio de la cual avance la historia con toda su fuerza y energía.