Navegar por aguas tranquilas o violentas se había convertido en un sino en la vida de los navegantes de la tripulación… Muchos de ellos comenzaron a encontrarse unos a otros en el viaje que los llevaría a un punto del planeta, el cual los instaba a establecer de nuevo conexiones interpersonales.
Cada uno de ellos estaba ahí y recordaba a los otros que ya habían formado parte de sus aventuras, hazañas y retos en mares de todo el planeta. Las historias compartidas resonaban en sus corazones, como ecos que viajaban a través del tiempo, llenos de risas, luchas y victorias que habían forjado su amistad.
Cada ola del mar parecía susurrar sus nombres, evocando momentos de camaradería y valentía, donde habían navegado juntos hacia lo incierto, desafiando tormentas y descubriendo nuevos horizontes.
A medida que el sol se ponía en el horizonte, sus pensamientos se entrelazaban en un tejido de recuerdos compartidos, prometiendo que, aunque el tiempo avanzara, las memorias de esos días jamás se desvanecerían. Eso los marcó a cada uno de ellos y sabían que, fuera como fuera, lo que los había reunido en el pasado lo haría en esta ocasión de nueva cuenta.
Sabían perfectamente que no verían al capitán y mucho menos a su segundo de a bordo, que ellos pasarían un tiempo observándolos a todos ellos para definir los puestos que les designarían.
Mientras tanto, el ambiente previo a la señal de sentirse por fin abordo estaba cargado de una mezcla de anticipación y nerviosismo; los marineros se agrupaban en pequeños círculos, conversando entre sí y compartiendo anécdotas de sus respectivas travesías.

Cada uno de ellos se preguntaba cuál sería su papel en la nueva misión y cómo contribuirían al éxito de la expedición, lo que aumentaba la tensión de la espera, ya que todos deseaban recibir instrucciones y comenzar su aventura en alta mar.
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