La línea que no se ve… (28)

Avatar de Ariadne Gallardo Figueroa

Después de una disertación muy emocional y llena de precisiones astronómicas, el navegante y su segundo de a bordo recordaron las razones del viaje, reflexionando sobre los desafíos que habían enfrentado y las maravillas que habían descubierto en el camino.

Las estrellas brillaban con fuerza en el cielo nocturno, como si estuvieran atentas a su conversación. Solo dejaron una pequeña pista en este sitio: una antigua brújula que había pertenecido a un explorador legendario, la cual parecía contener secretos de rutas olvidadas y tesoros por descubrir.

Con cada palabra, revivieron la intensidad de las experiencias compartidas, fortaleciendo su vínculo mientras la brisa marina susurraba historias del pasado.

Me gusta pensar que el blog es el bosque abierto, donde las huellas se dispersan y se cruzan con otros caminantes, como si cada palabra escrita fuera una hoja que se lleva el viento, creando un rastro efímero que invita a la exploración.

El libro, en contraste, es el tronco sólido, donde esas huellas se fijan y se vuelven memoria, un testimonio tangible de pensamientos profundos y reflexiones personales. Ambos crecen en paralelo, pero con ritmos distintos: uno, efímero y expansivo, se renueva constantemente al ritmo del presente, mientras que el otro es profundo y duradero, acumulando historias y sabiduría a través del tiempo, como anillos que marcan el crecimiento de un árbol en su recorrido.

En este sentido, el blog actúa como un diálogo dinámico, mientras que el libro se convierte en un refugio de conocimiento, un lugar donde las ideas se asientan y germinan en la mente del lector.


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