El lenguaje como “algo vivo y en evolución». (2)

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En muchas ocasiones escuchamos hablar de lenguaje orgánico. La metáfora de lo “orgánico” implica que el lenguaje tiene un ciclo de vida: nace, crece, se transforma y muere. No es un producto estático y perfecto, sino que está sujeto a cambios constantes.

Perspectiva histórica: El lenguaje no es un sistema cerrado e inmutable, sino que evoluciona con el tiempo. Las palabras cambian de significado, surgen nuevas expresiones y otras caen en desuso. Esta visión se opone a la idea de crear un lenguaje “perfecto” y artificial (como algunos lenguajes filosóficos del siglo XVII o el lenguaje ideal que buscaba el primer Wittgenstein en el Tractatus).

Esta idea tiene sus raíces en pensadores del siglo XVIII y XIX como Johann Gottfried Herder y Wilhelm von Humboldt.

El primero señalaba lo siguiente: el lenguaje no es un don divino ni una invención consciente, sino una facultad natural y constitutiva del ser humano, ligada a su cultura y a su forma de ver el mundo.

El segundo defendía su argumento en base a esto: distinción entre ergon (producto, obra hecha) y energeia (actividad, energía creadora). Para él, el lenguaje no es un producto muerto (ergon), sino una actividad creadora continua (energeia). Es la facultad de producir infinitos enunciados con medios finitos, un proceso vivo que emana del espíritu humano.

El lenguaje orgánico no es un sistema arbitrario de etiquetas que pegamos a las cosas. Está intrínsecamente ligado a nuestra forma de percibir, pensar y actuar en el mundo, influyendo no solo en cómo nos comunicamos, sino también en cómo conceptualizamos nuestras experiencias y relaciones.

Este lenguaje, que se desarrolla de manera natural entre individuos y comunidades, refleja las conexiones emocionales y culturales que compartimos.

Así, cada palabra y expresión se convierte en un vehículo que transporta significados profundos y matices que a menudo son invisibles a simple vista, pero que son esenciales para entender la riqueza de nuestra existencia y la complejidad de nuestras emociones.

La plaza del pueblo envuelta en niebla luminosa, con el árbol en el centro y la vida cotidiana desplegándose a su alrededor.


La atmósfera que emerge es muy simbólica: la niebla como lenguaje que impregna todo, las casas con tejados de distintas épocas como capas de memoria, y la gente que aparece y desaparece entre la bruma como figuras que habitan ese medio vivo.


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