Al enterarme de que en esta cinta sir Anthony Hopkins estaría en el protagónico, no dudé en irme directo al estreno en mi sala de cine local. Me resultó sorprendente que él empleará el monitor de un auto muy especial para conversar y relacionarse con el intruso; ¿cuántas veces nosotros mismos nos hemos puesto al habla con un desconocido a través de la pantalla o del chat y no esperamos cubrir ninguna expectativa real, hasta que dicha persona hace la primera pregunta?

Pero, ¿quién es el intruso? Un hombre joven, absolutamente perdido en un mundo donde las exigencias y los compromisos familiares, no están a su alcance organizativo, por un simple factor. Falta de dinero. Habitante de una ciudad donde la gente se ha deshumanizado, se ha convertido en parte del engranaje en el que por todos lados resuena. “Si tienes, vales; de no ser así, eres basura.”
Así que toda gira en torno a este escenario. Para trabajar necesita de un vehículo, para pagar por su reparación necesita conseguir dinero… ¿De dónde sale el dinero si no tienes la herramienta para el trabajo?
No hay salida sin una llave y no hay llave si la oportunidad no aparece. Ese mundo exquisito que se ofrece solo a los privilegiados aparece en un aparcamiento de autos, está ahí, no esperas que sea real hasta que sucede. Y, de pronto está ahí, ese hombre con la vida quebrada y las exigencias al tope, de pronto se encuentra en el silencio y la comodidad de un espacio con vestiduras de piel y… ¿Por qué no? La posibilidad de encontrar algo de valor y dejar atrás ese espacio mullido y confortable con lo que sea posible asir. Resolver lo inmediato, de forma sencilla, la habilidad lograda en la escuela de la calle es actuar rápido o perecer.
¿Cuál es la situación del dueño de ese coche tan cuidado y pulido…? Lo iremos descubriendo poco a poco en las conversaciones que tendrán lugar en ese espacio cerrado, donde el intruso ha sido definitivamente “encerrado”.
La dialéctica se presenta como una constante: si tienes lo que tienes y has logrado pagarlo, es sin duda porque has tenido todas las oportunidades en la vida para obedecer las reglas y pagar el precio que la vida exige. Para ser lo que eres ahora. Te has labrado una posición destacada en las altas esferas de la sociedad, y eso debe ser respetado.
En el caso del intruso, te has labrado un oficio en la calle, has sido aprendido de alguien y a partir de ahí consigues lo inmediato, cubres lo que es necesario y sigues adelante. La vida te ha permitido entender la habilidad para arriesgarte en la jungla de asfalto. No eres conocedor de alta esfera, no eres especialista de saberes académicos y logros celebrados con títulos y diplomas, pero eres un audaz sobreviviente en el sitio que has nacido y tal vez del que no saldrás nunca.
Has aprendido a defenderte y reconocer que otros lo harán para no perecer y seguir adelante, reconoces a los depredadores más crueles, sabes que no debes meterte con ellos y entiendes que su vida es así porque nadie les ha demostrado que, si dejan de ser así, su vida sería diferente.
El destino te marca de una manera que separa el mundo de los ricos del mundo de los pobres. El intruso tiene una hija, quizá con la esperanza de que su vida sea mejor que la suya… Nadie sabe qué pasará; lo cierto es que ni todo el dinero del mundo puede comprar la seguridad ni la felicidad.
El hombre poderoso y adinerado, dueño del coche, tenía una hija, y esas personas, ahora representadas en la figura del intruso, hicieron algo que, si lo digo, le arruinaría la visita al cine.
La propuesta es muy interesante, ¿qué conciliación existe en esta separación de clases que se ha logrado implementar en los países desarrollados?
¿Hasta dónde la especialización y el empoderamiento del profesional, le permiten vivir sin miedo en un mundo que necesita cada vez más llaves y candados para asegurar su vida? Son buenas reflexiones y situaciones irreconciliables donde, al final de cuentas, estamos en este mundo para ser lo que aspiramos, o lo que necesitamos.
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