Atesoramos de todo, desde propiedades, hasta cachivaches de toda índole. Nada de eso nos llevaremos, serán símbolos de lo que poseímos y del terreno que pisamos; algo no se quedará entre nosotros y viajará lejos, muy lejos…
Es ahí donde reconoceremos lo que le pertenece al universo, pero si estás tan atado a lo que tienes y posees, no sabrás distinguirlo.

Llevará tiempo para que todo lo que te has comido te haga daño en las venas y el cuerpo, así como también el estrés acumulado por las preocupaciones diarias y las responsabilidades que arrastras.
Entonces, todo lo que has tenido te atará, atrapándote en una rutina aparentemente interminable; donde cada objeto material se convierte en un recordatorio de lo que podría ser tu verdadera libertad, aquella que solo se puede lograr cuando decides dejar ir el peso del pasado y las expectativas de otras personas, permitiéndote respirar y reconectarte con lo que realmente importa en tu vida.
Sin embargo, hay cosas que no dejamos ahí para los otros, se quedan en la memoria, nos hacen vivir recuerdos y volverlos a vivir… Igualmente, hay cosas que no tendríamos por qué recordar, sobre todo cuando son amarguras que transmitimos y conservamos entre los más cercanos.
Hay personas y cosas que nos harán recordar lo que no nos gusta. Hay recuerdos que se quedarán ahí pese a quererlos fuera. Entonces debemos animarnos a dejar atrás lo que no nos hace bien.
Es el universo, el espacio donde va aquello que no se ha solucionado en la Tierra, por lo que todo aquello para lo que no tenemos respuestas debemos dejarlo ir.
Debe estar conectado para enviar un comentario.