
La enfermedad abre caminos, vivimos para convencernos de lo poco o mucho que necesitamos… Esa vieja amalgama de sentimientos donde la realidad rebasa las fronteras de lo que se hubiera querido.
La vida y su impronta necesidad de vivir el día y el momento se va comiendo las historias que dejan de tocarnos, se desvanecen los sentires y los deberes, se concentran los compromisos del presente y el terruño que nos da para vivir; se empobrece todo lo que nos es lejano y se marchita, como una planta que ha dejado de tener el cuidado y el diario riego.
Es un punto vital para meditar; sí somos sinceros la historia de los otros se desvanece antes de que hayan partido, cuando solo nos convertimos en una mail o una llamada infrecuente en el calendario, entonces dejamos de añorar la vida de los seres que nos dieron vida, de aquellos que llevan nuestra sangre, sus momentos dejan de ser los nuestros, dejan de pertenecernos y nos proyectamos a ese vacío de aromas y sustancias que antes nos unieron. La vida que vivimos separados se podría llamar nostalgia, tal vez así sea.
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