Te regreso al sitio del que nunca debiste salir

Cuando uno se esfuerza demasiado por tener algo que cuesta trabajo, tal vez da alegría y orgullo conseguirlo, aquella pieza de bronce tallada con exquisita belleza, era algo que Kyra Gross deseaba y haría hasta lo imposible por tenerla.
El corazón del cielo
La vida da sorpresas ella no contaba con que la codiciada pieza estaba acompañada de una misteriosa maldición, en el trayecto de su manufactura un trotamundos había hecho un gran esfuerzo por quedarse con ella y al no obtenerla conjuro un hechizo para que aquel que la poseyera, sufriera de codicia y celos enfermizos; pero además sintiera el peso de una angustia sin precedentes donde la gente que le rodeara hiciera todo lo posible porque la persona que llegara a tener la pieza mencionada tuviera unos deseos desenfrenados de matar…  Un irrefrenable deseo de asesinar a todo aquel que intercambiara palabras con el poseedor de la pieza de cobre, para Kyra no era más que una leyenda y tenía que probar que había algo equivocado en esto.
Los primeros días que Kyra visitó el museo con afán de buscar la forma de hacerse de la pieza y verificar el costo con el curador del lugar, éste le dijo que no era libre de comprarla, que la pieza pertenecía a un área histórica del museo, que justificaba su estancia, además no era objeto ni de intercambio, ni de compraventa… Pero no entendió razones, buscó con algunos contactos la forma de hacerse de ella, indagó costos para poder construir su propio museo y realizar un intercambio de artículos valiosos entre los cuales estuviera la pieza que tanto codiciaba.
Finalmente construyó un sitio para poder colocar la pieza, alentó a los historiadores a recrear un vinculo entre la nacionalidad de ésta y lo que albergaba su propio museo regional, para de esa forma justificar la estancia donde luciera a la perfección el artefacto en cuestión.
Desde luego hubo quienes le contaron el pasado de dicha reliquia, le hicieron llegar documentos en los cuales se verificaba que la pieza había estado en sitios de guerra, entre las manos de trotamundos codiciosos y salvajes, en lugares recónditos donde la avaricia y el tráfico de influencias era parte de las transacciones del día a día.
Un hombre maduro le visitó en una ocasión y le comentó que el conjuro de Abdel Ab-him no era un cuento mágico sino una realidad que ella debía tomar en cuenta para estar preparada; sin embargo no le dijo exactamente ante que debería estar alerta, solo le advirtió que tuviera mucho cuidado de los sentimientos que despertara en ella la pieza de bronce.
Kyra reflexionó que en realidad el artefacto, era solo eso, las influencias externas a las que había estado expuesta, era en todo caso la suma de sensaciones que emanaba de los sitios del planeta que había tocado pero  ¿Estaría en lo cierto, cómo saberlo?
En resumidas cuentas el ambiente que rodeaba en la actualidad al artefacto, no era en nada similar o parecido al espacio del cual provenía, sin embargo era como la fruta podrida en la canasta, cada día surgiría en su alrededor un asunto difícil de entender. Llegó el día de la inauguración del museo de Kyra, ella lucía elegante, agradecida con la vida por haber logrado su objetivo,  cuál sería su sorpresa que esa misma noche el curador del museo, tendría un altercado con un transeúnte y quedaría fulminado por el arma de fuego de un bandolero cuya identidad no fue fácilmente reconocida, por la policía del condado, incluso años después.
Esa misma noche un varón había insultado a la dueña del museo por considerarla pretenciosa y poco inteligente. Una astuta trepadora como diría a los diarios respecto a la exposición de sus obras en el naciente museo.
Casi siempre surge la envidia entre las personas que consiguen algo, sobre todo cuando han echado mano de relaciones poco escrupulosas para lograr su objetivo; este argumento se erguía en la mente de Kyra Gross para justificar la incomprensión de la gente en torno a la posesión de su pieza de cobre en el museo de su propiedad; de esta forma pasaron 6 años, entre escándalos y desapariciones de seres allegados a la propietaria del museo, ella misma habría tenido que atestiguar en varias ocasiones para aclarar su inocencia en «algunos asuntos» de dudosa credibilidad.
El peor evento de su vida llegaría en el mes de junio, cuando frente a la urna de cristal donde se encontraba la pieza, un grupo inició un desordenado pleito donde uno de ellos terminó con la cara quemada por el cigarrillo de otro y tres de ellos salieron del museo con sangre en la ropa y la cara rasgada por las uñas de algunas de las damas presentes…
Desde la ventana del pasillo interior observaba Kyra conteniendo los oscuros deseos  de tomar una navaja y apuñalar a la persona que había empezado el altercado que terminó en zafarrancho, sobre todo por la cercanía con la pieza, cualquiera de los agresores podría haber roto el cristal que la protegía del exterior.
En ese momento Kyra se dio cuenta que algo extraño se había apoderado de ella, algo que rebasaba toda lógica y que ponía en peligro su propia vida; en ese momento solicitó a su equipo de historiadores que le trajeran todo lo que supieran de Abdel Ab-him, tenía que conocer a ciencia cierta de qué se trataba lo que este hombre había hecho y sí había forma de desbaratar el conjuro.
Durante tres años las personas encargadas del caso viajaron en busca de respuestas, Kyra veía diezmado su fortuna, los acreedores le perseguían y en su intento por seguir adelante el círculo de deudas crecía como un torbellino que la envolvía. Era inútil dos de los investigadores habían muerto en circunstancias extrañas, el tercero temía por su vida pues había descubierto una serie de informaciones que aún siendo increíbles no podía desechar, pero había solicitado unos días de asueto para poder seguir más adelante…
Aquel anciano que le había visitado al inicio de su búsqueda por hacerse de la pieza llegó un día hasta las oficinas de Kyra, solicitó verla,  Kyra en medio de tantas deudas pensó que se trataba de uno de los acreedores y se negó a recibirlo.
Tenía un pisapapeles en su escritorio y lo llevaba bajo el bolso en actitud defensiva, la gente que se cruzaba en su camino la miraba con desconfianza, su vida se había convertido en un infierno…
Después de varias noches de insomnio, la enflaquecida y triste mujer decidió lo que jamás hubiera imaginado que haría, pensó con claridad la forma ordenada y sensata de devolver la pieza a su lugar de origen, sería una travesía difícil, tendría que convencer a los que habían facilitado las cosas para que la pieza no estuviera más en su museo, buscar los medios para vender su propio museo que tanto trabajo le había costado construir, pero al final del camino veía con alegría la impostergable fecha en la cual diría entre una mezcla de fatalidad y deseo cumplido: «Te regreso al sitio del que nunca debiste salir»

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