La caja de Pandora, de acuerdo a la mitología griega, era un recipiente, seguramente un ánfora o una jarra, que contenía todos los males que aquejaban a la humanidad. Pero, ¿Por qué se crea esta imagen controvertida, inconstante, mezcla de virtudes y ansias?
Zeus ordenó que Hefesto modelara una imagen con arcilla, con figura de encantadora doncella, semejante en belleza a las inmortales, y le infundiera vida. Todo esto en venganza por que el fuego les fue hurtado a los dioses fuerzas oscuras en el mundo humano, codicia y mentiras, envueltas en velos de seducción
Pero, mientras Zeus ordena a Afrodita otorgarle gracia y sensualidad, y a Atenea concederle el dominio de las artes relacionadas con el telar y adornarla, junto a las Gracias y las Horas con diversos atavíos, a Hermes le encargó sembrar en su ánimo mentiras, seducción y un carácter inconstante. Ello, con el fin de configurar un «bello mal», un don tal que los hombres se alegran al recibirlo, aceptando en realidad un sinnúmero de desgracias.
Muchas cosas en la vida son similares a esta historia de la mitología, la vida esta edificada en un mundo en el que la contradicción y la dicha, envuelta de desdichas podría ser la contante en el mundo de muchos seres humanos
Acacia había atesorado un poderoso elixir para no perder la belleza y con ella hacerse de fama y fortuna, alentar a los hombres a piropear sus talentos físicos y su melodiosa y bien entrenada voz, pero aquella preciada ánfora donde conservaba el secreto de su envidiable belleza, era codiciada por mujeres que no contaban con talento y que sabían que Acacia, de no ser por sus elixires, tampoco los ostentaría.
Una lluviosa tarde de noviembre, olvidó en el campo su preciado tesoro, se desquició recorriendo el bosque en vano, el ánfora había desaparecido Se armó de valor para andar hacia las profundidades del oscuro y húmedo bosque en busca de la diosa que había perseguido tiempo atrás para robarle el tesoro de la eterna juventud, ahora no lo tenía en su poder y la vida podría jugarle la peor de las venganzas, que los demás la vieran tal y como en verdad era, sin gracias y sin el don de esa voz envidiable por hombres y mujeres del mundo que la rodeaba.
Acacia resbaló y fue arrastrada por la tormenta, sus brazos y bien torneadas piernas agrietadas por las raíces que arañaron con fuerza su desesperada piel al tratar de evitar la caída rauda y violenta hacia el oscuro rellano de una oquedad sin luz y sin sonido alguno que le recordara el mundo del cual provenía gemía, lastimosamente sufría el dolor que le provocaban las heridas, su piel y vientre sangraban, adolorida intentaba acostumbrarse a la oscuridad para tratar de distinguir alguna forma reconocible, de pronto un asomo de alegría se dibujó en su rostro, algo consternada admitió que en medio de la total oscuridad y lejos de los brillos de luces y candilejas que siempre le rodeaban, nadie notaría su desgracia, en la nada, semidesnuda y rasguñada, nadie tendría la oportunidad de burlarse de su desgracia, sonrió, sabía que de alguna forma engañaría a la diosa fortuna para poder retornar a su estado de gracia y virtudes que tanta dicha y alegrías le habían dado.
Ella no sabía que era seguida de un lobezno, y una quimera, entre la desdicha y la alegría le acechaba la más grande de las tragedias, pero su voluntad férrea a prueba de todo la impulsaba. ¿Cuánta vitalidad puede tener la necesidad de reconocimiento? Cuando se descubre que con la vanidad se puede comprar la codicia de los otros. No habría precio que no se atreviera Acacia a pagar sin embargo no sabía que la propia vida estaba en ese juego macabro por recuperar el ánfora con los codiciados secretos que le devolverían su belleza y lozanía, pero tenía que ser pronto, antes que fuera olvidada, antes que otra descubriera los elixires
El tiempo siempre apremia para el que siente que en ello se le va la vida, la tolerancia y el reconocimiento de la propia fuerza, a veces no son suficientes para los que anhelan atesorar belleza, riquezas y dotes especiales, la fuerza de voluntad se impulsa ante la naturaleza para doblegarla, forzar su rigor y sus debilidades cuando está de por medio la fortuna y el prestigio
No sabemos que hay un momento para reconocer que lo que somos, no va a cambiarnos, buscamos la magia, nos hacemos de instrumentos de seducción para obtener lo que como simples mortales con defectos y algunas cualidades no lograríamos.
Ante el cansancio el lobezno se aprestaba a seguirla, sabía que el hambre y el sueño en Acacia, eran sus mejores aliados, el olor que despedía su piel ensangrentada era un aderezo que el hambre del predador no olvidaba desde la percibió en el aire y se retorcieron sus tripas …
La historia cuenta un final predecible, no hay aparentes giros de esperanza, no hay dicha, ni asomo de futuras glorias Sólo la quimera podría modificar la historia de acacia, solamente su fuerza y su destreza, pero ¿estaba o no del lado de ella? ¿Merecía ser protegida por las virtudes de ésta?

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